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miércoles, 17 de septiembre de 2008

Jorge Posada




Miro esas películas con De Niro joven
y resultan más demoledoras que cualquier espejo.

Me percato de las horas desperdiciadas,
de la obsesiva gordura,
de la calvicie incipiente.

Miro cómo De Niro pasó de ser Travis
a esos personajes de ocasión:
policía, amante, maestro;
papeles que requieren apenas leer adecuadamente las líneas.

Debí hacer lo mismo,
cumplir con mi obligación de pater familia
y desmentir la felicidad de los otros cuerpos,
de las madrugadas con la radio encendida.

Como él, debí aceptar que lo difícil
es hacer bien los papeles mediocres.

1 comentario:

javier moro dijo...

Mi estimado este poema me parece de lo mejor.
No sabia que eras de san luis. Yo no, pero tengo buenos amigos por allá.

saludos